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Moscú, Aeropuerto Internacional de Domodedovo.
Hice la facturación para el vuelo Moscú-Bombay y, a continuación me dirigí
a la zona de control de pasaportes. Había estado esperando este viaje con mucha
ilusión y mi imaginación estaba llena de imágenes de paisajes tropicales, de templos
antiguos de una belleza deslumbrante y de atractivas mujeres de ojos hermosos
que llevaban “saris” muy brillantes, exactamente como en las películas indias
que solía ver de niña. Perdida en mi imaginación, me acerqué al mostrador y le di
el pasaporte a la funcionaria. Una mujer de uniforme lo abrió, me miró
fijamente y me dijo secamente:
“¡Señorita, este no es su pasaporte!”
¡Inmediatamente se desvanecieron mis fantasías de templos antiguos y de mujeres
vestidas con saris! Tratando de no perder la calma y de poner cara de persona
honrada, empecé a intentar convencer a la mujer que estaba detrás de la
ventanilla:
“¡Mire Vd. la foto con detenimiento! De verdad que soy yo, se lo aseguro. Simplemente
es que últimamente he cambiado un poquito”.
“¿Tiene Vd. una hermana gemela?”
“No, tan solo tengo un hermano más joven.”
Le mostré mi tarjeta de crédito, mi carnet de conducir, y finalmente se
ablandó, me creyó y devolviéndome el pasaporte a través de la ventanilla me
dijo:
“¡Pase! Y siga Vd. mi consejo: lo mejor sería que se hiciera Vd. otro
pasaporte”.
Un poco molesta por este incidente, me dirigí hacia la zona de las tiendas
libres de impuestos. ¡La funcionaria del control de pasaportes tenía toda la
razón! Su preparación profesional le había permitido darse cuenta
inmediatamente de que la mujer que tenía delante y la de la fotografía del
pasaporte –que había sido hecha tres años y medio antes—eran dos mujeres
diferentes.
Últimamente estoy acostumbrada a recibir cumplidos; con frecuencia, la
gente me dice que he cambiado. Mis antiguos amigos me dicen que tengo casi el
mismo aspecto que tenía cuando era estudiante. Y sin embargo, todos estos
cambios externos carecen de importancia, por sorprendentes que parezcan. Lo que
realmente cuenta no son los cambios externos, sino el poder que se ha
despertado dentro de mí, un poder que había permanecido dormido durante muchos
años.
En una de las tiendas libres de impuestos llenas de perfumes y fragancias en botellas y cajitas elegantes,
recordé cómo me había convertido en una Diosa.
Todo había comenzado a través de Internet.
Una amiga me había enviado por correo electrónico un anuncio sobre una
página web llamada ‘El Mundo de la Mujer’
y había insistido en que me suscribiera
a unas clases para mujeres. Ella llevaba ya un mes con estas clases y, según el
número de signos de exclamación que había en su mensaje, parecía estar
entusiasmada con ellas. Así que la curiosidad pudo más que yo y entre en la
página web.
El título “Escuela de Diosas’ me dejó muy intrigada, porque a mí siempre me
habían encantado las cosas poco usuales, las cosas capaces de disparar mi
imaginación, así que leí todo lo que decían sobre la escuela, eché una ojeada a
unas cuantas lecciones, y, sin pensarlo dos veces, me suscribí. Mientras
leía las lecciones experimenté una extraña sensación suave y voluptuosa dentro
de mí: cada una de las palabras me resultaba fascinante , nueva y llena de una
profunda sabiduría envuelta en el tono suave y gozoso en el que estaban
escritas
En esencia, lo que venían a decir estas lecciones era lo siguiente: ¡Conoce
a la mujer que hay dentro de tí… porque es una Diosa! ¡Aprende a amarla, permítele expresarse y que ocupe el
lugar que le corresponde en la vida!
Devoré todas las lecciones que me enviaron y esperaba con entusiasmo las
nuevas, al tiempo que trataba de hacer todos los ejercicios y todas las prácticas
correspondientes. Los ejercicios eran tan sencillos que no esperaba que se
produjeran resultados rápidos o milagrosos. Al principio me pareció que el
hecho de que aumentara la atención de los hombres hacia mí era una simple
coincidencia, pero... no lo era. Creo
que empecé a irradiar un brillo nuevo y extraordinario, que los hombres podían
detectar y que hacía que mis ojos brillaran cuando me miraba en el espejo. Con
las clases de la “Escuela de Diosas” la vida se volvió amable y agradable.
Y sin embargo, transcurrió todo un año antes de que me decidiera asistir a
clases presenciales en la escuela.
Las fotos de la página web de “El Mundo de la Mujer” eran muy hermosas y
las mujeres parecían verdaderas diosas. “Bueno, yo nunca conseguiré
tener ese aspecto”, pensé. Durante toda mi vida había pensado que yo tenía un
aspecto muy normal. Pero el deseo de explorar este camino un poco más era más
fuerte que mis miedos y marqué el número que aparecía en la página web. La voz
de la mujer al otro lado del teléfono me pareció muy agradable y alentadora,
como si me estuviera diciendo: “No tengas miedo, todo va a salir bien”. Anoté
la dirección y el horario y proseguí.
Estábamos sentadas en sillas cómodas en un pequeño y acogedor vestíbulo
esperando a que empezara mi primera clase en la “Escuela de Diosas”. Las
mujeres estaban charlando animadamente y yo apenas me atrevía a mirarlas.
Algunas de ellas destacaban: eran las que ya habían asistido a varias clases. Otras, sin
embargo, eran como
yo: eran nuevas. En el fondo yo no era peor que las demás: “¡Todas las Diosas habían sido
novatas alguna vez!” En el mismo momento en que llegué a esta conclusión la
tutora nos invitó a entrar.
Tenía ante mí a una “verdadera” Diosa y la examiné minuciosamente. Era una
hermosa mujer de estatura media. Cuando la miré más cuidadosamente, me di
cuenta de que sus facciones no eran extraordinarias, aunque, eso sí, irradiaba
encanto femenino. Era un poco coqueta y,
al mismo tiempo, segura de sí misma y con modales exquisitos: precisamente
estas eran las cualidades que la elevaban y la colocaban en un pedestal.
“Bien, como siempre, vamos a empezar la clase con unos ejercicios de
precalentamiento recordando que el amor a uno mismo comienza por la aceptación y el amor
a nuestros cuerpos. Los ejercicios de “strip”, de plasticidad y los danzas
orientales son los mejores ejercicios para las mujeres porque desarrollan armónicamente
el cuerpo y liberan la energía del centro sexual”.
Empezó a sonar Enigma, mi música favorita, y todas seguimos a nuestra
tutora imitando los movimientos del “striptease” al tiempo que nos observábamos
en un gran espejo. Al principio, no me sentía a gusto mirándome en el espejo,
pues, en comparación con los bellos y felinos movimientos de nuestra tutora,
los míos me parecían rígidos y torpes. Poco a poco, sin embargo, me relajé y
empecé a confiar en mi cuerpo. Mis movimientos eran cada vez mejores. La
música, el baile y la voz alentadora de nuestra tutora me hicieron sentir
ligera y llena de alegría.
“Y ahora vamos a pasar a la fase siguiente: la creación de nuestra imagen
femenina encantadora! ¿Habéis traído
todas medias, zapatos de tacón y las demás cosas?
Todas nos pusimos manos a la obra y empezó a magia de la transformación. Dentro
de mí una voz cobarde, que se resistía a los cambios, se lamentaba: “¿Para qué
necesitamos hacer todo esto? ¿Para qué necesitamos convertirnos en diosas? Tú
vida es de lo más normal, como la de todo el mundo”. Mis experiencias
negativas de mujer me gritaban desesperadamente: “¡Dios Mío! ¡Estoy
muerta de miedo!” A pesar de ello, el ardiente deseo
de liberarme de esa experiencia, juntamente con la expectación de algo nuevo y
extraordinario fue superior a mis miedos. ¡Después de todo, no tenía nada
que perder! Así que traté de seguir cuidadosamente todas las instrucciones de
nuestra tutora.
Me ayudó a ponerme la sombra de ojos y el “eyeliner”. Otras mujeres
compartieron conmigo generosamente sus cosméticos, pues últimamente yo todo lo
que tenía era rímel, una sombra de ojos “muy discreta” y dos lápices de labios,
uno de color rosa pálido y el otro marrón claro. ¡Recordé, sorprendida,
que cuando era estudiante universitaria, todas las chicas de mi clase solían venir
a mí a que las ayudara a maquillarse!
Todas aquellas alegres criaturas iban de un lado para otro y me ayudaban a
envolverme en tejidos brillantes y transparentes, flores y plumas. Al principio,
como no sabía cómo hacerlo bien, “robaba las ideas” de otras mujeres y trataba
de imitarlas.
Las “diosas generosas” estaban compartiendo sus habilidades conmigo. Me
sentía tan bien: ¡No había ni los celos ni la rivalidad que son tan frecuentes
en las mujeres! Progresivamente toda la tension desapareció
sin dejar rastro. Nuestros preparativos llegaban al final y el ambiente se llenó de perfumes
femeninos, de belleza, de creatividad y de armonía. Estas eran vibraciones
inusualmente tenues, pero yo las sentía con todo mi cuerpo, con todo mi ser. Era
exactamente como algunos de los recuerdos de mi infancia: estaba rodeada no de
mujeres, sino de criaturas increíbles sacadas de los cuentos de hadas, de mariquitas
llenas de luz y de color, de bandadas de aves celestiales o de un ramillete de
flores exóticas procedentes de un jardín tropical. Mi corazón empezó a latir
fuertemente lleno de alegría; comprendí que yo era una de ellas, que la
Cenicienta, procedente de un mundo de pobreza y de trabajo duro, había llegado
al palacio real.
De repente oí una voz triste: “¿No comprendo para qué necesitamos todo
esto? ¡Lo más importante en las personas es su belleza interior! ¡Todos estos
cosméticos, todos estos trapos de colores, es todo tan artificial! ¡Yo en lo
que creo es en la belleza natural, que es mucho mejor que todo esto!” Esta voz
pertenecía a una mujer de mediana edad que llevaba el pelo corto y gafas
gruesas; era una de las nuevas. A mí me
pareció que era una “plasta” o una maestra de escuela. Era evidente que no
había podido vencer el miedo de maquillarse.
Nuestra tutora nos invitó a sentarnos en un círculo y nos explicó lo
siguiente:
“Tenéis toda la razón, no hay ningún maquillaje que pueda cubrir las
emociones negativas y los pensamientos estúpidos, la belleza empieza en nuestro
interior. Pero analicemos nuestro sistema de creencias: que maquillarse y
vestirse atractivamente son cosas malas. ¿De dónde procede todo esto? Recordemos
las películas de la época soviética. Con frecuencia veíamos cómo la mujer sexy, hermosa,
inteligente, que sabía cómo atraer a los hombres resultaba siempre ser la mala
de la película: egoísta, codiciosa y amargada. Además, siempre solía terminar
siendo desgraciada porque los hombres siempre la dejaban por otra mujer fea,
pero honrada y buena persona. Todas nosotras nos hemos “tragado” estas
mentiras, aunque es evidente que, en el mundo real, las cosas son completamente
diferentes. ¿Por qué los ideólogos soviéticos hacían esto? ¿Qué hay de
malo en ser mujeres hermosas? Puesto que
este tipo de mujeres sobresalían, quizá distraían a los obreros del duro
trabajo de las fábricas. Puesto que eran una fuente de sexualidad, eran también
una fuente de libertad y la libertad estaba perseguida en la época soviética. Este
es el ambiente en el que nos hemos criado.
Hemos oído historias semejantes procedentes de occidente, aunque sus raíces
culturales sean distintas de las nuestras.
Recientemente hablé con unas mujeres holandesas. Desgraciadamente, su
cultura las impide cuidarse y, por el contrario, favorece el pensamiento de que
está muy bien llevar ropa unisex ancha, zapatillas deportivas y el pelo sin
arreglar. ¿Quién se iba a creer que desean atraer a una pareja y tener
relaciones felices? Quiero que comprendáis,
queridas amigas, que tan solo un pequeño porcentaje de los hombres de la tierra
tienen abierto el tercer ojo, que los hombres no tienen la superhabilidad de
ver vuestras bellas almas y vuestros generosos pensamientos, en especial a
primera vista. Preguntadle a cualquier hombre qué es lo que le atrae de una
mujer desconocida y os dirá: su forma de caminar, su pelo, sus ojos atractivos,
sus caderas, su cintura, etc. Todos los
hombres tienen gustos distintos, pero todos hablarán del aspecto exterior. Ninguno
mencionará el alma. Puesto que todas deseamos ser felices y ser amadas por un hombre digno,
necesitamos aprender cómo atraer su atención.
La tutora siguió dándonos explicaciones pacientemente y respondiendo a
nuestras preguntas.
“¡Vamos a acercarnos al espejo y a continuar con nuestro baile para
adentrarnos cada vez más profundamente en este nuevo estado y crear nuestra
nueva imagen permanente dentro de nosotras!”
Continuamos bailando. Miré en el espejo a esta espléndida criatura
misteriosa y empezó a gustarme cada vez más y más. Estaba empezando a
convertirme en la mujer que siempre había querido ser, aunque nunca me había
atrevido a admitírmelo a mí misma.
El baile era cada vez más libre y apasionado. La tutora nos enseñaba nuevos
movimientos cada vez más complejos, que mi cuerpo iba repitiendo como si los
conociera de toda la vida. Sentí como si una ola de calor llenara mi cuerpo
aportándome, al mismo tiempo, una sorprendente sensación de libertad. La música
cambiaba y, junto con ella, también cambiaban las imágenes en mi interior:
Bruja, Diosa, Tigresa, Cortesana, Ángel y Demonio al mismo tiempo. Al
igual que Margarita en la famosa novela romántica, algo dentro de mí gritaba:
“¡Soy libre! ¡Soy libre!”
Veía imágenes de mi vida futura, de cómo iba a cambiar a partir de ahora.
Mis relaciones con los hombres, que hasta entonces únicamente me habían
producido dolor y decepciones ahora se estaban convirtiendo en un juego divino.
Me prometí a mí misma que, sin duda alguna, iba a ser feliz.
Aquellos eran mis primeros pasos en el camino de la perfección, un camino
que no termina nunca.
Posteriormente, hubo más clases y más impresiones sagradas: viajes a Tuva y
encuentros inolvidables. Los tres últimos años de mi vida han estado llenos de
luz y han sido muy gratificantes.
Miré a las nubes debajo del
avión. A esa altitud, llena de fe en mi brillante futuro, di las gracias a Dios
por mi vida llena de milagros y por toda la gente que me estaba ayudando a
abrir las puertas a todos esos milagros.
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